
Mi cerebro a esas horas aún no es capaz de reaccionar, más bien lo hacen mis pies, que son tan amables de llevarme tambaleando en modo zombie después del segundo “vuelve a sonar en 10 minutos” hasta el baño, para darme el segundo shock de la mañana. Nadie tiene buena cara a esa hora, yo no soy ni capaz de reconocer ese que dice ser mi reflejo en el espejo, pero después de un buen remojo en agua fría ya vuelvo a sentirme medianamente como eso a lo que llaman persona. Luego mis pies continúan su rutina tambaleándome por mi casa hasta llegar al punto clave, al más importante de la mañana: Mi cafetera. La mía en especial se llama Lola, no sé porque la verdad, simplemente es así. La aprecio mucho, no sabría que hacer sin ella, gracias a ella mis mañanas se convierten en mañanas y puedo empezar a sentirme persona sobre las 7:30. Mi radio del 97, que no tiene cd, ni siquiera casette, pero una antena que parece de la NASA, a esa hora va en busca de alguna sintonía que consiga darle ritmo y alegría a mi mañana y a mi momento ducha fría (la causante del último shock de la mañana).
Llegado este momento ya me olvido de los shocks de la mañana y me lo empiezo a tomar con filosofía. El zombie que veía en el espejo desaparece hasta la mañana siguiente, mis neuronas empiezan a reaccionar, el café empieza a correr por mis venas y mis pies en vez de tambalearse por la casa ya lo hacen a bailando al ritmo de algún song de los 90. Es entonces cuando me intento convencer a mi misma de que los lunes tampoco son tan malos. Son el principio de una nueva semana llena de aventuras que podemos organizar de tal manera que llegué a ser excepcional y, que tras ella, volverá otra vez nuestro querido fin de semana.
Mente positiva, un buen café y a empezar la semana bailando.
Feliz Lunes!